sábado, 18 de mayo de 2013

LOS ESCONDITES DE LA SETA FINA

La maravillosa seta fina encuentra un lugar acogedor dentro de los múltiples hábitats naturales y seminaturales que delimitan los valles altos del río Oja. 

Popular y difundidísimo encontramos el apelativo de perrochico o perrechico, según pronunciaciones. En relación con esto, el gastrónomo vasco Juan Antonio Muñoz cita a G. Wasson, que dice lo siguiente a cerca del origen de la palabra perrechico: "En ukraniano a las setas se les llama pecheritza, así mismo la encontramos en la lengua de los gitanos de España, de lo que se deduce que los vascos la tomaron de los gitanos, que a su vez recogieron de otros pueblos europeos".




Como mansarón se la conoce en otras tierras del Sistema Ibérico norteño; en Soria y Burgos, así como en algunos puntos del Macizo Central. La variante moixeró se emplea en las regiones catalanas. A estas últimas se añaden otras muchas modalidades fonéticas, que quedan ampliamente distribuidas por las diferentes comarcas de la geografía ibérica: lansarón, muxerón, mauserón, gusarón, nansarón,... En La Rioja, a parte de seta fina, también se ha empleado vernáculo de seda, a secas. Igualmente he oído utilizar el nombre de blanca o blanquilla, por localidades de Cantabria y norte de Palencia. El término de seta de San Jorge se considera un neologismo. Proviene de su antigua y todavía válida denominación taxonómica, establecida por el micólogo francés Lucien Quélet en 1872; Tricholoma georgii, pues comienza aparecer en fechas próximas a esta festividad, en función de la región. 




El valle del Oja se considera un territorio pródigo para la proliferación de setas finas, pues la diversidad de medios naturales es muy elevada, a la vez que predilecta para sus querencias ecológicas. En un principio, comienza desarrollándose en los fondos de valle, por San José (19 de marzo). Básicamente en pastizales y prados resguardados, alejados de las exposiciones en umbría. Más tarde, en los meses de mayo y junio, se recolecta en las praderas de la alta montaña, pero únicamente cuando las temporadas son suficientemente húmedas y templadas, con días soleados acompañados de tormentas y nieblas nocturnas. Bajo estas circunstancias, los setales forman amplios corros de brujas y en alguno de ellos pueden recogerse hasta varios kilos de setas. También en los meses veraniegos se cosechan algunas setas del fino, localizadas en ciertos rincones frescos y sombreados. Curiosamente, en Valgañon existen unos pocos setales que producen setas en los meses otoñales de octubre y noviembre. Igualmente en zonas de Navarra se citan algunas recolectas  esporádicas tardías, hasta por Navidades.

En los alrededores de Zorraquín y Valgañón creo que existan cientos de setales, muchos de ellos centenarios, pues su correcta y secreta ubicación ha sido transmitida por generaciones enteras de padres a hijos. 


Si es cierto que se va notando una progresiva desaparición en muchos de los lugares donde antaño era abundante. Simplemente porque los setales acaban por agotarse. Se barajan varias teorías al respecto. La más sólida la encontramos relacionada con el creciente abandono de los usos agropecuarios ancestrales, típicamente vinculados al medio de vida rural de nuestros pueblos. Otras, apuntan hacia los posibles o ligeros cambios que ha experimentado el panorama climático general, con afluencia de primaveras excesivamente cálidas y secas. 

De todos modos, nuestro campo ha sufrido en los últimos 30 años un proceso de matorralización integral, que ha eliminado extensas áreas de pradera tradicionalmente destinadas al régimen extensivo de majadeo, sustituyendo y acondicionando su espacio para la restitución del bosque primitivo. Positivo para los árboles, pero no tanto para la seta de primavera, cuyo temperamento heliófilo requiere un mínimo de exposición solar, lo que la permite completar eficazmante su ciclo reproductivo anual. El envastecimiento de los pastos por el cese de la presión ganadera, también parece estar incidiendo de forma negativa en la conservación de esta especie. 


*El hábitat más tradicional de este hongo, lo encontramos asentado sobre los terrenos de naturaleza caliza, con suelos bien abonados por las deyecciones del ganado. En estos lugares puede hallarse en prados, campas, majadas o collados, a plena luz; formando corros o golpes redondeados, que en el argot popular son conocidos por el nombre de "pegas" o "peguitas", según tamaños. Los herbazales altos, crean y mantienen en su interior unas especiales condiciones microclimáticas de humedad y temperatura, favorecidas por la fermentación bacteriana, y que protegen a las pequeñas setas de los fríos o calores repentinos, propios del alternante clima primaveral.

Corro de brujas en pradera caliza, describiendo el típico quemado sobre la hierba.

Praderas calizas con matorral espinoso en el Valle de Turza


*Las orlas de bosque integradas por matorrales espinosos son fecundas a la hora de producir perrochicos o susas. En esta situación son capaces de vivir en condiciones de semisombra, aprovechando el microambiente protector que se crea bajo el broza del arbusto, donde suele presentarse un mullida capa de musgos que aportan una valiosa humedad a los carpóforos en crecimiento. Son clásicos los linderos compuestos por endrinos, rosales, majuelos, enebros o aulagas, y que reciamente custodian a las setas de sus ávidos recolectores. 

La orla espinosa adyacente al bosque da cobijo a muchos perrechicales. 

La maraña de espinos y zarzas suele ocultar grandes setales de finas.


*Los brezales-aulagares montanos, compartidos respectivamente por las especies Erica vagans y Genista hispanica subsp. occidentalis, crían numerosos perrechicales. Su hábitat se asienta sobre terrenos básicos, frecuentemente lavados o descalcificados por el efecto de las abundantes precipitaciones. El benebro o enebro común, Juniperus communis, suele estar asociado a este tipo de formación vegetal. 

Brezal-aulagar sobre suelo calizo.


*Las riberas de los ríos también ofrecen buenas posibilidades a la hora de encontrar nuevos setales o finos. Los suelos nutritivos de las choperas o de las fresnedas, a menudo son muy buenos productores de setas de San Jorge, siempre y cuando no se hallen encharcados en el momento justo de la fructificación fúngica. Asimismo, en los prados que existen viejos chopos derribados o cortados, también suele abundar el perrechico, pues sus tierras suelen estar enriquecidas por un importante acopio de materia orgánica, muy apropiada para los requisitos de esta seta. Los bordes de las avellanedas pueden llegar a sorprendernos gratamente, así como las manzanedas asentadas sobre prados frescos y herbosos.

Los prados con antiguas choperas suelen producir perrechicos en abundancia. 

Avellaneda autóctona productora de setas finas. 


*En los prados y fincas particulares, es común encontrase con setales que se desarrollan al abrigo de los setos o tapias de piedra que antiguamente servían para delimitar la propiedad. En este sentido, la piedra capta y disipa una valiosa energía en forma de calor, que las setas aprovechan eficazmente durante su irrupción primaveral. En este sentido, hay que prestar mucha atención y sobre todo respeto a la hora adentrarnos en terrenos privados sin previo permiso del propietario, aunque sólo sea para mirar si en la finca está saliendo alguna seta. 

Los tapiados y linderos albergan unas buenas condiciones térmicas para la proliferación de perrechicos. 


*Un caso curioso lo he encontrado en un prado que todavía mantiene sus numerosos setales, pues sus condiciones se alteraron drásticamente tras efectuar sobre el mismo una densa plantación de abeto de Douglas, que ya supera los 20 años de edad. A pesar de la escasa iluminación que penetra en el sotobosque repoblado, los primitivos setales todavía perduran y continúan dando muchas setas cada temporada.

Jóvenes setas finas bajo un manto de acículas de abeto


*Para terminar, en los viejos pagos abandonados de las zonas altas de la sierra, aún existen varias áreas relativamente productivas, pero desvitalizadas por la expansión reciente del arbolado. Éstas, se localizan sobre suelos de reacción ácida, con afloramientos pedregosos de pizarras, esquistos y cuarcitas. Aquí, las finas suelen crecer a la sombra de las "recas", resguardadas en pequeñas áreas empradizadas, usualmente entre piedras, por las mismas razones que se han citado más arriba. Las recas son pequeños bosquetes mixtos, en los que predomina el fresno y el arce campestre, junto al cerezo silvestre y otros árboles planocaducifolios. Suelen emplazarse ocupando vaguadas o pequeñas depresiones frescas y umbrías, por donde mana el agua en primavera. A pesar de la ya nombrada acidez de estos suelos, podemos añadir que sus capas superficiales suelen guardar un considerable manto de nutrientes, por lo que son muy ricas y fértiles, lo que favorece la preservación de ciertas zonas con hierba donde todavía hoy pueden guarecerse algunos setales.   

Reca o bosque mixto con presencia de fresnos y arces campestres. Los pagos se localizaban en las laderas más fértiles y productivas de los montes del Alto Oja, delimitándose con cercas y muros de piedra. Sus agraciadas tierras quedaban destinadas al cultivo de cereales, patas y otras hortalizas. En la actualidad, el abandono de usos tradicionales ha dado lugar a la recuperación gradual del bosque original.  



miércoles, 15 de mayo de 2013

EXCURSIÓN AL COLLADO DE MARULLA


La imprescindible subida al Collado de Marulla se efectúa desde la localidad de Ezcaray y se considera una de las rutas típicas que nos adentra en el corazón de La Demanda riojana. 

La ubicación geográfica de este conocido paraje del Alto Oja, queda emplazada en la porción oriental de la Sierra de La Demanda, formando parte de una subunidad de menor entidad conocida como Sierra de San Lorenzo o Montes Cogollanos. Su notoria orografía representa un claro ejemplo de puerto o collado de alta montaña, describiendo una típica vaguada perfectamente escalonada que va sucediéndose desde el Pico Chilizarrias (1826 m.), prolongándose por los llanos de El Salegar y de Marulla, hasta alcanzar la más baja cima de Orquicia o Alto de La Puerca (1618 m.). Su punto más bajo queda localizado a 1545 m de altura, en el espacio también conocido como Cruz de Marulla. En su tiempo, fue denominado así por su condición de cruce de caminos carreteros. Ancestral encrucijada topográfica que unía toda clase tránsito procedente de los vecinos valles de Cilbarrena, Urdanta, Espurgaña y Cárdenas. 

Instantánea primaveral de los verdes collados de Marulla con el Pico Chilizarrias dominando en las alturas. 


Este collado se caracteriza por la importante extensión que ocupan sus áreas de pastizal. Por el simple hecho de ser muy abundantes y productivas, ya que se mantienen verdes y jugosas durante una buena parte del año. Antiguamente, eran cientos las cabezas de ganado que paladeaban la fresca hierba que crecía sobre estas alturas. De sus praderíos eran partícipes ovejas, cabras, vacas y caballos; propiedad de las aldeas de Turza, Monicaparra, Espurgaña, Urdanta y Cilbarrena. Aún pueden apreciarse los restos derruidos de las antiguas majadas, chozas y corrales que en su día fueron utilizados durante los quehaceres ganaderos propios de aquellos tiempos. 


"En un principio día amaneció fresco y con niebla, y se mantuvo así hasta las tres de la tarde, momento en el comenzamos el descenso desde las altas campas de Marulla. El primer tramo del recorrido discurrió por el Valle de río Turzarío Saraura, como también aparece designado por la toponimia arcana. Este pequeño valle se caracteriza por el fuerte contraste que presentan sus dos laderas enfrentadas, ofreciéndonos la posibilidad de contemplar dos paisajes forestales prácticamente antagónicos. 

El dilatado Pago de Balanegra, ocupa el flanco derecho y se caracteriza por la fuerte deforestación que ha sufrido desde tiempos inmemoriales. Su cuestas están repletas de pequeños relieves abancalados y que son muestra de viejos cultivos abandonados, en especial de centeno. La acción del ganado lanar también ejerció un importante impacto sobre la vegetación original de esta gran solana caliza, reduciéndola y transformándola al estado de un tomillar-aulagar ralo y escaso, y que todavía hoy permanece excesivamente degradado en ciertas áreas pedregosas. En la umbría expuesta al norte, observamos la plenitud de un fantástico hayedo en pleno apogeo primaveral. Entre su frondosidad, pudimos visualizar una vibrante paleta de tonos verdosos, intensificada por el efecto de las nieblas y la humedad ambiental. En el paraje de La Estación, ocultos entre la arboleda grisácea, sobreviven solemnes pinos silvestres centenarios. Todos ellos con gran porte y altura, pero con evidentes signos de envejecimiento avanzado, pues forman parte de las primeras repoblaciones forestales que se practicaron en el valle a comienzos del siglo pasado. 

Momentos previos al inicio de la travesía. 


En el interior de los hayedos de La Estación


Tras los primeros cuatro kilómetros recorridos, llegamos al caserío de Turza, antigua pedanía de Ezcaray que se encuentra situada por encima de los 1000 metros de altura, bien adentrada en la montaña. Se trata de una de las aldeas más coquetas y mejor conservadas de todo el Alto Oja. Toda ella guarda una cuidada arquitectura tradicional, armoniosamente adornada por los intensos tonos rojizos que se desprende de sus muros, calles y fachadas, compuestos en su mayoría por piedra arenisca roja del periodo Triásico. El nombre de Turza proviene de la voz vasca "Iturricha", y que más o menos viene a significar fuente o zona con abundantes fuentes. El estudioso de los topónimos Fernando Andrés Barrio, aportó la primera referencia escrita hecha hacia esta aldea, la cual aparece datada en un documento medieval del año 1110.

Arquitectura típica en Turza.


En su casita de Turza, el bueno de Lamberto nos demostró sus buenas dotes de apicultor. 


Panorámica del Valle de Turza llegando al Collado de Bonicaparra. Apréciese el contraste vegetal que existe entre las dos laderas que conforman el valle. Bosques en el flanco izquierdo y matorral bajo en el derecho.  


Tras el breve receso ofrecido por la aldea, a continuación ascendimos hasta el Collado de Bonicaparra (1270 m.), con sus mesas, fuente y refugio de piedra bien acondicionados. Desde este punto, las aferradas nieblas no nos permitieron contemplar la primera estampa del pico Chilizarrias acompañado por el collado en su vertiente occidental, pero sí los intensos colores blanquecinos de los cientos de cerezos en flor que jalonaban el fondo del lindante Valle de Espurgaña, donde dicha rosácea es especialmente abundante. Las aguas que discurren por este valle, tienen su nacimiento en la conocida Fuente de Los Serranos, un fecundo manantial que aparece localizado en las cercanías de la misma cima del monte Chilizarrias. 

Tras un breve avituallamiento, dejamos el área recreativa para seguidamente adentramos en los hayedos de la parte alta del arroyo de Espurgaña. La gente quedó maravillada con este tramo del recorrido, pues pudo deleitarse captando numerosas imágenes de los bonitos y profusos saltos de agua que se iban abriendo paso a través de los barrancos que descienden desde los montes de La Puerca, Choza Teja y La Lastra. Desde aquí, un último esfuerzo de subida nos condujo hasta los pastos altos de Marulla.






Aguas bravas de Espurgaña, surcando el Monte La Lastra.


Una vez comidos y apretados por un frío repentino, comenzamos la bajada desde las campas de Marulla, cubriendo la primera parte del GR-190, que comunica Ezcaray con el Monasterio de Valvanera. Gracias a Dios aparecieron los primeros claros soleados, acompañándonos amablemente durante el resto del itinerario. Entonces, las limpias vistas fueron gratificantes para todos los caminantes, ya que pudieron contentarse con una estupenda panorámica de todo el Valle de Cilbarrena, con el Collado de Sagastia a su derecha, punto en el que se efectuaría la última parada en el camino antes de alcanzar el pueblo de Ezcaray. 

Collado de Marulla con la cumbre de Chilizarrias tras levantarse las nieblas.



Parada y comida sobre la hierba del collado.


La floración de la Genciana verna pregona el comienzo de la primavera en los pastos altos.


Los últimos cuatro kilómetros del recorrido discurrieron por el interior del viejo Bosque de la Estación, entre corpulentas hayas, erectos alerces y añejos pinos silvestres. El juego de luces y los sabrosos olores primaverales emitidos desde la profundidad del bosque acabaron fascinándonos a todos. Lástima no hubiesen durando unos cuantos kilómetros más!!!

Descenso cobijados bajo la densa sombra de majestuosos pinos albares y alerces. 


Rayo de luz rompiendo la tétrica sombra del hayal.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...